Hace unos días, una de las participantes del curso Conciencia de mi cuerpo de Mujer contaba que, si por una parte, le hacía bien saber lo que estaba descubriendo en el curso; por otra le generaba dolor y rabia. Tomar conciencia de cómo es el mundo y la manera en que nos afecta puede ser, desde luego, doloroso. Pero a la vez, produce alivio nombrar y comprender las dinámicas del sufrimiento que nos ha acompañado siempre desde una nebulosa.
La semana pasada un amigo me confesaba que él, a sus cuarenta, se seguía viendo como un Peter Pan empeñado en no asumir las normas de los hombres, en construir mundos de papel y jugar. Y lo decía con un cierto pesar, como si hubiese en él una tara invisible, como un fracasado. Los hombres tienen una enorme presión social por alcanzar un éxito que pueda ser medible y cuantificable: coche, saldo en la cuenta bancaria, ascenso, productividad, familia... Ese es el prototipo en el que se los moldea desde que nacen. Pero, ¿qué sería de este mundo sin los poetas y los locos?
En uno de los talleres presenciales, una de las mujeres comentaba como después de quedarse viuda, había rehecho su vida al margen de las normas. Se había permitido tener experiencias que para el común de los mortales estaban al otro lado del muro, alejadas de lo que se supone tiene que pasar. Ella, como otras muchas, deben recordarse a diario que no están histéricas ni son unas putas. Solo están descubriendo su manera de estar en este mundo prefabricado.
No caber en el papel reducido y minúsculo que se nos impone es una forma heróica de resistencia. La desobediencia vital debería ser bendecida por todas las personas como una manera de recordarnos que no somos eso que nos dicen que somos, que no somos como mamá y papá nos vieron y que ahí afuera hay gente haciéndole el amor a la vida.
Resistir es la clave. Ante este mundo lleno de crueldad y dolor, lo que nos queda es resistir. Rodearnos de belleza y placer, sentir el sol en la piel, amar hasta perder la razón, volver a la poesía y desnudarnos en la vulnerabilidad más pura. Ante este mundo de catástrofes, hombres de gris y materialismo podemos resistir desde la inocencia de la niña que nunca dejamos de ser, con la mirada desnuda de prejuicios y el corazón abierto al presente. El mayor acto de valentía que podemos hacer es atrevernos a vivir en mayúsculas. No nos queda otra.

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