jueves, 28 de septiembre de 2017

Por puta

En España, ha dicho un juez (de cuyo nombre no quiero acordarme) que las niñas se visten como putas en las redes y claro, después pasa lo que pasa. ¿Qué es lo que pasa? Pasa que nos acosan, agreden, difaman, abusan, violan y matan. Pero no nos asustemos demasiado. Hay un punto clave: para que esto se de es necesario el mal comportamiento previo de la víctima de la agresión. Es el argumento de como llevabas minifalda (yo llevo minifaldas a veces), estaba sola (a mi me gusta viajar sola), iba borracha (me gusta la cerveza)... se lo buscó. Es el viejo argumento esgrimido una y otra y otra vez para diluir la responsabilidad del agresor y culpabilizar a la víctima. 

Cuando surgen este tipo de situaciones que se llevan a los medios de comunicación nunca se escucha a los prohombres de la patria contando que lo que no hay que hacer es acosar, agredir, difamar, abusar, violar y matar. Parece que la cuestión se centra en evaluar la posible conducta anómala, riesgosa o fuera de moral de la víctima. Y yo, que soy madre de una hija y de un hijo, no dejo de repetir a los dos que nadie puede hacer con su cuerpo lo que ellos no quieran y que no pueden tocar el cuerpo de otra persona sin su consentimiento. ¿Por qué los hombres no saben esta regla básica? ¿Quién no se la está contando? ¿Por qué no se la cuentan? ¿Por qué desde que comienza la pubertad (y antes) las mujeres escuchamos "no andes sola por la calle", "no hables con desconocidos", "no provoques" pero los hombres no escuchan "no asustes/acoses/difames a una mujer", "respeta que no quiera saber nada de ti", "pide permiso antes de tocarla"? ¿Por qué?

Me gustan los hombres. Cuanto más atractivos más me gustan. Soy un ser humano sexual. También me excito, tengo fantasias y deseo. Como todas las mujeres. Sin embargo el porcentaje de delitos de agresiones sexuales de mujeres a hombres es mínimo en relación al cometido por hombres. Así que la cuestión no es el deseo, la excitación ni la sexualidad, como no lo es el aspecto del otro, la pose, la aparente disponibilidad, el estado etílico en el que se encuentre o la ropa que lleve. Esa no es la cuestión.

Me indignan los manuales de recomendaciones para evitar una violación o abusos en una fiesta popular. ¿Qué demonios es eso? Hagan manuales para los potenciales agresores y explíqueles que lo que están pensando hacer es un delito y ética y moralmente reprobable. Para que así los violadores, por ejemplo los de la manada en Pamplona, no puedan decir que estaban practicando sexo grupal, cuando lo que estaban haciendo era violar. Eliminen contenido televisivo que genere confusión en los  niños y jóvenes. Eduquemos, pero de verdad, primero a los profesores y profesoras. Miremos nuestro machismo, el que está dentro de cada uno y una de nosotras. 

Pretender que la violencia de la que somos víctimas tiene su origen en nuestro comportamiento es, sencillamente, una mentira contada para satisfacer la necesidad de los hombres de no mirar en su interior. Que un juez haga estas declaraciones no es anecdótico. Forma parte del imaginario colectivo la figura de la mala mujer a la que es posible humillar y castigar y de una sexualidad masculina animal y salvaje que no hay que despertar porque arrasa con todo a su paso. Si el hombre se excita contigo, amiga, estás perdida. Y nadie sabe qué puede excitar un hombre a priori. Subyace la idea de que se lo buscó por puta y él no pudo contenerse ante una erección. Pero los hombres tienen que revisar su escala de valores urgentemente. Y los que se den cuenta del enorme peligro que conlleva vivir este modelo de masculinidad me parece que tienen la obligación moral de ir diciendoles a los demás hombres que esas cosas no se hacen. Porque si no lo hacemos, entre todos, estaremos participando por omisión en el engranaje de la violencia. Menos poner el foco en la víctima y más en el agresor. 

lunes, 25 de septiembre de 2017

Crecer duele

Cuenta una leyenda chamánica que las águilas cuando llegan a los cuarenta años sufren tal desgaste en sus plumas, pico y garras que de forma inevitable se enfrentan a la muerte, ya que no pueden volar ni cazar con la precisión que se requiere. Ellas saben que van a morir a no ser que, en un acto voluntario, decidan comenzar una transformación que les lleve a renovarse por completo. Dicen que el aguila se retira entonces a una cueva en lo alto de una montaña y comienza a arrancarse las plumas,  las garras y el pico. Es un proceso muy doloroso y mientras sucede, queda en estado de vulnerabilidad. Después le crecen poco a poco nuevas plumas, pico y garras y tiene por delante otros treinta años de vida, ahora renacida, renovada por completo.

Esta historia forma parte de la mitología chamánica, pero refleja bien las crisis de crecimiento a las que nos vemos enfrentadas todas. De una manera u otra, vivir implica crecer. Despedirse de lo anterior y parirse de nuevo con otros recursos, herramientas y capacidades. Y sí, crecer duele. Nos dolían los huesos cuando éramos pequeñas y los pechos duelen cuando comienzan a crecer. Duele despedirse de quien una fue y no saber en qué se convertirá ni qué será de su vida. Pero forma parte de la naturaleza humana. 

Claro que en esta sociedad donde lo incómodo o el dolor se guardan celosamente en el fondo del armario, donde corremos a tomar ansiolíticos cuando arrecia la zozobra y medicalizamos los procesos cotidianos por los que todos los seres atravesamos, sostener una crisis de crecimiento es un acto solitario y, a veces, lleno de incomprensión por el entorno. Crecer, renovase, parirse de nuevo, cambiar, transformarse interna y externamente forman parte consustancial de una vida que merece la pena ser vivida. Lo demás es una mala copia de un guión previsible. Una farsa del marketing social.  Lo único seguro que tenemos en esta vida es el cambio. 

¡Celebrémoslo juntas!


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