martes, 8 de agosto de 2017

Esa cosa llamada sexo

Parece obvio, quizá demasiado, a estas alturas de la vida hablar de sexualidad. Puede parecer obvio porque el sexo está en el aire, debajo de las piedras y en las ondas. Es poner un canal de televisión a cualquier hora, y hombres y mujeres con ropas sugerentes o sin ellas, nos miran como si quisieran devorarnos. Amor, amor con gasas vaporosas que dejan entrever un pecho blanco con mirada huidiza. Y anuncios de clubs de alternes en las radios como una fiesta de pueblo bulliciosa o un lujoso templo del placer prohibido. Caminas por la ciudad y mujeres en ropa interior te interrogan desde los escaparates, ¿te gusto? Bueno, no sé… déjame que me lo piense.

Da igual, el sexo está en el aire, debajo de las piedras y en las ondas, sí. Pero ha abandonado las braguetas, y los vientres de las mujeres ya no laten. Antes, en aquellos tiempos en que todo estaba prohibido, hacer el amor era acceder a la más alta cumbre, era como surcar un océano en balsa y gritar tierra a la vista. Y no digo que estuviera bien aquello. Qué va. Me parecen un horror tanta represión y pacatería. Pero es que lo de ahora, es de una abundancia que aburre a cualquiera. ¿Otra vez vamos a follar?

Hemos pasado de la sexualidad al sexo, de la persona al genital, de lo trascendente a la urgencia. Nos faltan espacios para pensarnos como seres sexuales. Escasea el tiempo en el que conocer los deseos propios, las propias ganas, los sentires nuestros. Disculpa, tú, la del escaparate, pues mira, que va a ser que no, que me gustan blanditas y pequeñas y la piel color aceituna. O al chico vestido solo con vaqueros que se me acerca desde el televisor con los pectorales al aire, uno, dos, tres, cuatro, la tableta perfecta y los dientes blancos: querido, no me impresionas.

Hemos aceptado las reglas impuestas del juego, lo que es atractivo y lo que no, lo que hay que desear y quien puede ser objeto de deseo. Y así, la verdad, se hace cuesta arriba. Es como comer durante un empacho. Un empacho de comida basura y seguir ingiriendo nachos con queso.


Nos han arrebatado el deseo y sin deseo propio, no hay vida propia. ¿Y qué otra cosa querríamos vivir que no fuera la propia existencia? Hay cosas que, ni en el aire, ni debajo de las piedras, ni por ondas. La sexualidad o vuelve a las braguetas y al latido del vientre, o vamos camino de la extinción. Sin remedio.





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