viernes, 14 de julio de 2017

La familia propia

Es recomendable pararse y agradecer a la vida lo que te da. Recordar, aún en los malos momentos, de lo que se disfruta y el camino de aprendizaje que traen las dificultades. Es de agradecer que haya personas que desinteresadamente te den la mano y decidan quedarse a sostener los procesos vitales menos cómodos. En este mundo materialista y rápido en el que, cada vez más, las relaciones humanas se atomizan y dividen, poder contar con una red de amigos es un tesoro.


Son esos amigos y amigas que te abren su casa y botellas de vino, los que vienen a tu casa a comer y traen la comida, los que te invitan a cenar y montan camas en el salón por si estás demasiado cansada para volver, los que te regalan lo poco que tienen si creen que lo necesitas, los que te hacen reír y lloran contigo, los que te miran a los ojos sin juzgar y hacen las preguntas oportunas para oirte decir lo que no sabías, los que guardan silencio que no son incómodos y los que te dicen "sobreviviremos", los que te reconocen después de diez años y los que han entrado en tu vida como un flechazo, los que hablan durante horas al otro lado del teléfono, los que desnudan su intimidad ante ti. Los que saben abrazar con el alma. 

Esos amigos y amigas son los tesoros de la existencia. Saberse y reconocerse en esa familia que no es la de origen es una bendición de la que deberíamos dar las gracias a diario. Es un regalo que se expresa en los buenos momentos y en los no tan buenos. Crear una familia propia en la que descansar cuando fallan las fuerzas debería ser una prioridad para los seres humanos. Es el círculo, la red de solidaridad, la tribu, son las relaciones horizontales, el amor desinteresado. Es la amistad y es más que recomendable darle el espacio y reconocer el sentido que tienen en la vida. 

Gracias.

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