martes, 28 de febrero de 2017

Los cuentos de Ariadna II

Ariadna es una mujer imaginaria, una protagonista de cuentos. Ariadna representa esas historias de mujeres que me habéis contado a lo largo de estos seis años de círculos y palabras. Ariadna somos tú y yo. La voz de las mujeres, nuestras voces, a menudo silenciadas, necesitan ser dichas y contadas. A lo largo de este año, cada primer día de mes, iré proponiendo un relato de ficción basado en una historia verídica de mujer. No son testimonios. Son cuentos y, como tales, me permitiré la licencia de recrear esas historias que, con tanta generosidad, me habéis ido regalando. Para mi han sido realmente un regalo y deseo compartirlo contigo. No hay una pretensión literaria detrás. Más bien, se trata de una forma de narrar distinta en este blog, un juego, un tratar de ampliar las posibilidades de la palabra.




LA COCINA DE LOS TUBOS FLUORESCENTES
Después de la cena, Ariadna, lava con pulcritud el plato en la cocina de tubos fluorescentes. De vez en cuando, la luz fluctúa y el piso parece ondear como un barco en el oleaje. Después de secar el plato, un tenedor y un vaso, Ariadna regresa al salón y se sienta en la vieja butaca de pana verde. Frente a ella, la mesa camilla con hule de plástico que transparenta un tapete de ganchillo sobre falda de terciopelo marrón. Al fondo, la estantería con retratos de muertos y libros de filología con polvo y carpetas de apuntes que han anidado en espacios imposibles. También hay un reloj de pared y un cuadro con caballos al galope. 
Ariadna se sienta en la butaca y deja el paquete de cigarrillos, el mechero y el cenicero sobre la mesa, al lado del pastillero. El reloj de la pared finge un tic tac en la casa en penumbras. Del rellano, ascienden sonidos ajenos. El ascensor que devuelve al vecino del tercero C de la última ronda con el perro. La cisterna del piso de arriba. El sonido de un camión de la basura  filtrado por dos manzanas de distancia. Un televisor lejano. Ariadna, saca un cigarro del paquete rojo y blanco y la casa es violentada por el chasquido y la llama del mechero azul de plástico. Por un momento las sombras zigzaguean a su alrededor.
Ariadna se pasea desnuda por una ciudad húmeda que no conoce. Sale cuando la noche ya ha caído sobre las casas y jardines. El pelo revuelto, la risa ausente, los pies seguros. Comienza caminando por calles estrechas y mal iluminadas, restos de basuras y adoquines rotos. Escenarios de pordioseros aullando a la luna. Su cuerpo nocturno enfrenta el relente con valentía. Su paso, hipnótico, se refleja en los charcos de la ciudad. Del interior de alguna ventana insomne, unos ojos alucinados la miran con horror. Ariadna continúa su paso y a veces, sale a calles más anchas y los faros de los coches lamen su cuerpo.
El humo del cigarrillo adquiere una extraña luminosidad cuando un coche atraviesa la madrugada. La última calada de cada cigarrillo, la más intensa, deja ver momentáneamente el rostro que ya no es joven. Es posible imaginar una lágrima en él. A veces, la ceniza cae sobre la manga y se incendia un minúsculo espacio del jersey.
Los pies caminan sobre el asfalto áspero, los restos de grasa de un automóvil, excrementos de perros, vómitos de borrachos. Un pie, la articulación de la cadera fingiendo un tic tac, el otro, sus senos mecidos en un movimiento lento, su pelo ondulante. Ariadna se pasea desnuda por una ciudad húmeda que no conoce. Camina y a su paso solo existe ella. Nadie más. Ella. La única mujer sobre la faz de la tierra. Invencible. La gran puta. En su vientre el ardor de cien mil galaxias. La madre sagrada. El origen de todo. La primigenia. Por fin, ella.
La boquilla amarga en la boca. En el cenicero se acumula el humo que no llegó a arder como los restos de un naufragio. Su mirada desordenada busca en la oscuridad las imágenes que no llegan. Las que recuerda, prefiere olvidarlas. La ambulancia, dos policías, la sexta planta del hospital clínico, puntos de sutura, la pastilla que debe tomar delante de la enfermera, los gritos de los otros, la mirada de la residente de psiquiatría. Deja caer la colilla en el cenicero y coge una de las pastillas de la pequeña caja. La traga sin beber nada.
La primera luz del crepúsculo se filtra en el horizonte devorado por edificios grises. Entonces detiene sus pasos unos instantes. Puede que sean minutos. Ariadna, de pie, con el cuerpo erguido ante el nuevo día, se siente intocable, al fin. Después, en un giro casi etérico, vuelve sobre sus pasos. Cuando la luz del horizonte escucha los sonidos del nuevo día, ella ya está de regreso en casa y ha vaciado el cenicero. Las colillas naufragan en la basura de la cocina de tubos fluorescentes.


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