miércoles, 1 de febrero de 2017

Los cuentos de Ariadna I

Ariadna es una mujer imaginaria, una protagonista de cuentos. Ariadna representa esas historias de mujeres que me habéis contado a lo largo de estos seis años de círculos y palabras. Ariadna somos tú y yo. La voz de las mujeres, nuestras voces, a menudo silenciadas, necesitan ser dichas y contadas. A lo largo de este año, cada primer día de mes, iré proponiendo un relato de ficción basado en una historia verídica de mujer. No son testimonios. Son cuentos y, como tales, me permitiré la licencia de recrear esas historias que, con tanta generosidad, me habéis ido regalando. Para mi han sido realmente un regalo y deseo compartirlo contigo. No hay una pretensión literaria detrás. Más bien, se trata de una forma de narrar distinta en este blog, un juego, un tratar de ampliar las posibilidades de la palabra.





Cada mes los relatos se irán incorporando a una nueva página el blog para que su localización sea más fácil. Gracias por hacerme llegar vuestras historias, que son nuestras.




LAS RAPADAS

Buscaba en mi mesa, sin éxito, el libro de matemáticas de primero de bachillerato. Era la tercera vez que abría el segundo cajón del pupitre. Los alumnos, celebraban esos minutos de tregua a las ocho de la mañana, contándose el fin de semana entre susurros, abrían carpetas, sacaban libretas. Se oían bostezos y risas. El sonido de las sillas verdes en el suelo, los golpes sobre las mesas o en el hombro amigo, el arrastrar de pies. Todo era movimiento. El aula parecía un enjambre de avispas. Un par de ocasiones intenté que permanecieran en silencio y no me hicieron caso, así que abandoné la pretensión y me entregué de lleno a la tarea de encontrar mi libro en aquel pupitre. Estaba segura de que lo había dejado el viernes a última hora.

De repente, el ruido del aula se fue aquietando. Los alumnos fueron quedaron en un profundo silencio.  Por fin, el filo azul del libro aparecía debajo de folios y carpetas. Tanta quietud me resultó  extraña. Levante la cabeza y miré a los alumnos frente a mi. Los vi mirar con la boca abierta hacia la puerta. Allí, de pie, Ariadna, parecía una figura de sal. Sus zapatillas Converse negras, los vaqueros rotos, el anorak rosa ácido tan de moda entre las jóvenes este año y sus ojos grandes y negros, que parecían aún más grandes y más negros. Me miró fijamente a través de las lágrimas. Una ola de rabia me atravesó el cuerpo desde los pies. Su melena morena y larga no estaba. Llevaba la cabeza rapada.

Se dirigió rápidamente a la tercera fila y se sentó en su pupitre en el instante en que abrí la boca. Algunos chicos rieron al verla llegar. Las chicas guardaron silencio. Ella abrió la mochila y con la cabeza baja, comenzó a buscar algo que no encontraba. Su compañera se  acercó a ella y le susurró algo al oído. Ariadna no se inmutó.

La sangre me llegó a las mejillas. Me vi de pie en mitad de la clase. Estaba temblando con los puños cerrados. Vinieron a mi mente Juana de Arco, y las prostitutas “acogidas” contra su voluntad en Casas de Misericordia. En mi cabeza, se agolpaban las mujeres rapadas francesas, acusadas de tener amantes nazis en la segunda Guerra mundial, todas las putas, las perseguidas, las represaliadas. Las malas mujeres castigadas. En mi cabeza, la maquinilla de afeitar de mi padre treinta años antes. Sus gritos. La luz del portal, una puerta, sus pasos rotundos. El brazo que nos separa. El golpe en la cara. El pecho desnudo. Su hija en el portal con el novio, le había avisado un vecino.

-             Hoy no daremos clase de matemáticas. – Les dije a los alumnos con un ligero temblor en la voz. – En vez de eso, hablaremos de libertad personal y dominación. ¿Habéis oido hablar del patriarcado?


La cabeza de Ariadna se levantó atenta.


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