lunes, 9 de enero de 2017

Lo que callamos

Hay muchas palabras, demasiadas, esperando ser dichas. Mientras lo que callamos no sea dicho, se va agolpando en el cuerpo y nos susurra por las noches que ese no es su lugar, que las palabras no nacieron para quedar en el limbo. El camino natural de las palabras es desplegar las alas y marcharse. Sin embargo, bien pronto aprendemos a no expresar -sacar la presión, liberar lo preso- para no incomodar. Incomodamos si señalamos los errores o las contradicciones de los adultos al mando. Aprendemos bien pronto, porque se nos enseña en esta sociedad acostumbrada a mentir, que no es correcto que levantemos la voz para señalar las violencias y denunciar las injusticias. Aprendemos, porque es lo que se espera de nosotras, que callemos cuando nos ponen la mano no deseada encima o que por nuestro bien merecemos un castigo. Aprendemos demasiado bien a callar demasiado y los gritos se quedan atravesados en nuestra garganta. Las palabras nunca pronunciadas se enredan en los tendones y en las vísceras y, a veces, cuando ha pasado mucho tiempo, demasiado, echan raíces y se mimetizan con el propio cuerpo de manera que no podemos adivinar dónde empiezan unas y termina el otro. 

Hace seis año comencé este blog que solo pretendía ser la ventana abierta a una aventura que implicaba a nuestros úteros y que resultó ser mucho más. Porque en el cuerpo, en el útero y fuera de él, se mezclaban las tensiones musculares con las violencias sufridas y los dolores menstruales con los dolores de ser mujer en esta cultura. Cuando comenzamos a liberar la musculatura del útero, comenzaron a aflorar enfados y miedos, injusticias y dolores y fue un maravilloso inicio para tomar conciencia de los efectos de la cultura patriarcal en nuestro cuerpo. No sé, a estas alturas, separar lo que pertenece estrictamente al cuerpo físico, de lo que nos afecta la cultura -desde la contaminación a los valores-, de lo que sentimos anímicamente, de las creencias que tenemos sobre nosotras mismas y el mundo. No sé diferenciarlo y no sé si es posible hacerlo sin caer en una mirada reducida del asunto. 

Basta con que una amiga de las redes sociales escriba un par de frases sobre abusos sexuales y violaciones, o la relación con su madre o la violencia obstétrica o la propia maternidad y aparecen por centenares los mensajes de otras mujeres expresando sus propias historias vividas y poco o nunca contadas. Hace seis años, cuando comencé este blog, descubrí también la capacidad de comenzar a liberar palabras que estaban esperando en mi interior muchos años. Aún no las he liberado todas, aún tengo palabras, frases y relatos esperando en la antesala para ser dichos, para desplegar las alas y marcharse. No sé porqué pero me da a mi que este año va a ser un buen año para soltar mucho de ese lastre. Es imprescindible que contemos, que nos contemos y que nombremos el mundo tal y como lo vemos, tal y como lo vivimos. Es imprescindible salir del aislamiento.

El curso Conciencia de mi cuerpo de Mujer llega a su décima edición este año y estoy preparando algunos especiales y propuestas que creo imprescindibles para dejar salir parte de ese contenido aún acumulado en el cuerpo y que debe volar. No quiero dejar de agradecerte que hayas estado al otro lado este tiempo o que te incorpores ahora a este espacio que sigue siendo nuestro, tuyo y mío, en el que tejer confidencias y nombrar lo no nombrado. Gracias por vuestro apoyo todos estos años y por vuestros mails que leo siempre con atención, aunque a veces no pueda devolver una respuesta como se merecen porque la vida se impone con unos ritmos y tiempos que me devoran más de lo que me gustaría. Me hace muy feliz saber que, al otro lado, hay otra mujer esperando nombrar lo no dicho y con ganas de liberarse de las imposiciones que tragamos desde pronto. Me gusta pensar que, las mujeres que son ahora nuestras hijas, seguramente, no tendrán tantas palabras anidadas en sus cuerpos esperando liberarse.

Gracias.

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