martes, 10 de mayo de 2016

La bolsa o la Vida

Ana Fernández de Vega, a quien no tengo el placer de conocer, escribe en su blog sobre brechas en el feminismo en torno a la maternidad. Ya sabéis de qué va esto. Mujeres (en su mayoría mayores) diciéndonos a otras mujeres (más jóvenes - según ellas) qué tenemos que hacer con nuestra maternidad. La idea que subyace es que maternar a tu hijo y tomarte un tiempo de tu vida para acompañarlos como desees es un paso atrás en la liberación de las mujeres, una traición al trabajo realizado, una vuelta al esencialismo de moral rancia. Opciones como la baja ma/paternal intransferible e igual o la corresponsabilidad en el cuidado del bebé desde el minuto 0 son elementos que se esgrimen de una parte. Los derechos de las mujeres que quieren vivir su maternidad más intensamente y los de los bebés por parte de otras.

Para mi, después de años de debate, y algún acoso y derribo, la cosa más o menos está así:

1.- Este diálogo es estéril porque es imposible (y profundamente misógino) obligar a las mujeres a vivir su maternidad de forma preconcebida: dale teta o no le des, hasta que momento, cuántos hijos o no tienes que tener, métele en la guardería a los 4 meses, que la pareja (si la hay, que a algunas mujeres feministas se les olvida de que en mi generación ya no hace falta tener un hombre/mujer al lado para ser madre) se coja la baja, etc. La idea de que el feminismo es el instrumento para transformar la sociedad y procurar derechos a las mujeres queda diluida en este discurso. 

2.- La cuestión de fondo es la regulación de la maternidad en la esfera política. Llevar estas opciones personales a lo público. Ahí es donde está de verdad el meollo. Y entonces podemos hacer dos cosas: podemos regular el capital y el mercado de trabajo o podemos regular los úteros y tetas de las mujeres. Podemos dar la libertad al mercado de trabajo y al capital o reconocer la libertad de los cuerpos de las mujeres.


Una parte del feminismo prefiere regular nuestros úteros y tetas para no perder el ritmo del mercado laboral. La consecuencia de esta situación es que no hay regulación (o si la hay es muy laxa) ni educación que prepare a las siguientes generaciones para poner en el centro de la toma de decisiones la vida. Se posibilita (porque aunque se prohiba, las consecuencias son prácticamente inexistentes) la discriminación en la elección de puestos de trabajo, la falta de racionalización de horarios, el techo de cristal y la falta real de políticas de conciliación de la vida profesional y personal. Así, las mujeres solo podemos adaptarnos a un mercado laboral que juega con las cartas marcadas. La única opción es regular entonces nuestras tetas y úteros para que nos permitan acceder a un trabajo: tener pocos hijos o no tenerlos, bajas ma/paternales cortas, iguales e intransferibles, corresponsabilidad desde el segundo 0, ser madres primerizas a los 35 años, guarderías de 0 a 3, precariedad...  Una parte del feminismo elige la bolsa.

Y otra parte prefiere que se deje libertad a las mujeres para que decidan sobre sus vidas y sus maternidades y sea el mercado el que se tenga que adaptar a la realidad de que los seres humanos nos reproducimos y muchas madres sentimos como un derecho ver crecer a nuestros hijos. Querríamos un mercado de trabajo más humano, más conciliación real, bajas ma/paternales muchísimo más extensas (¿Qué tal suenan tres años?), corresponsabilidad elegida por la pareja si hay y asumida socialmente, que no se penalizara a la mujer (ni al hombre) que optan por dedicar unos años de su vida a cuidar a sus hijos pequeños. Una parte del feminismo querríamos que entre la bolsa y la Vida, se eligiera la Vida. 

La cuestión es que elegir la bolsa nos afecta a todas. Todas jugamos en el mismo campo de juego con las mismas reglas, imposibles (o casi) si deseas vivir una maternidad más intensa. Elijas lo que elijas, lo que encontrarás fuera son horarios imposibles, la única opción pública pasa por institucionalizar la infancia en centros, la discriminación en la selección por ser mujer en edad fértil, los mismos mensajes de súper-madres, la misma mierda. Un horror para todas las mujeres (y los hombres). Una alegría para el capital y el mercado que se frota las manos con nuestra miseria. 

Pero elegir la Vida, humanizar el mercado laboral, dar opciones vitales, contemplar tramos de vida laboral no lineales, ofrecer alternativas de horarios, mejorar las condiciones salariales... eso nos beneficiaría a todas (y a todos). A las que decidan cogerse la baja de tres años y a la que prefiera trabajar a las seis semanas del parto. A los hombres y a las mujeres (no solo madres y padres, también hijos e hijas que cuidarán de sus mayores) y, por supuesto, a los bebés y los niños, grandes perjudicados de este asunto y futuros hombres y mujeres. Ya te adelanto que esta opción no gusta a nadie: a los del IBEX, a sindicatos, a gobiernos títeres...

Y claro, puestos a elegir, siempre ha sido más fácil manosear nuestras tetas, coños y úteros que meter la mano en la sagrada caja de las monedas. Así que, queridas, por lo que a mi respecta la cuestión es elegir entre la bolsa y la Vida.  Lo demás, puro entretenimiento intelectual. Decidamos de una vez de qué lado estamos.













1 comentario:

InmaD dijo...

No se puede expresar mejor.

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