miércoles, 2 de marzo de 2016

Los paisajes interiores

De pequeña siempre me imaginé que viajaría a países exóticos y lejanos. Buscando, incansable, lo otro, lo diferente... ¿quién sabe si no huyendo de mi misma o de la realidad? El caso es que al hacerme mayor aquella imagen de mi niñez no se cumplió. No caminé por senderos inhóspitos con la mochila a cuestas ni me dejé absorber por paisajes lejanos. Fueron los míos, mis propios recovecos, mis senderos sin salida, el propio laberinto interior los que me motivaron a dar un paso y después otro. Los que me hicieron salir al encuentro.

Salí al encuentro de mi misma porque de alguna manera, me había extraviado del camino. Me había convertido en una extraña. Cumplir con las normas sociales tuvo consecuencias. Me expulsó del paraíso y me dejó errando por territorios sombríos, sola y perdida. Esta es la consecuencia directa de la educación y la cultura en la que vivimos: debemos perdernos de nosotras mismas para cumplir con lo de fuera. En algún momento, por nuestra salud física y mental, deberemos de volver a apropiarnos del paraíso interior y reconocerlo y habitarlo como propio. 

Después de años de subir las montañas más abruptas o dejarme caer al fondo de sombríos barrancos creía que debía de encontrar, al fin, una imagen que fuera lo suficientemente reconfortante como para que hubiera merecido la pena la travesía. Entonces, en algún lugar, en mitad del pedregoso desierto, comencé a gozar con el hecho mismo de estar recorriendo ese tramo (y no otro) del camino. Se acabó la meta y llegó la primavera eterna. No dejó de atronar, pero sabía que había un final. No dejaron de aparecer ante mis ojos montañas elevadas, pero me sabía con fuerza para subirlas. No dejaron los días grises de ser grises, pero detrás de las oscuras nubes no dejé de percibir la fuerza potente del sol.

La búsqueda de la felicidad, del equilibrio, de la alegría, de la satisfacción, de la sabiduría dejó, de repente, de ser un motor para mi. Dejé de buscar. Hay quien lo llama El final del buscador y es una fase más del proceso de realización. Por fin, no hay necesidad de que pase algo diferente a lo que está ocurriendo. Se acepta el camino como un juego y como un juego se expresa y se vive ¿Te acuerda de cómo jugabas de pequeña? Ponías todo tu empeño en correr más rápido, había adrenalina, emoción, intensidad... pero no dejabas de saber que era un juego y que en algún momento terminaría. 

Los paisajes interiores se vuelven paraísos a fuerza de recorrerlos, de hacerlos tuyos, sobre todo, de amarlos. Hasta las tierras más inhóspitas nos ofrecen frutos si somos capaces de valorarlas y agradecer su presencia. Esa unión en lo profundo, la capacidad de amar sin límites lo que una es con sus limitaciones y fortalezas, sin dejar espacios en blanco, es una bendición. Para mi, habitar mi cuerpo ha sido y es una herramienta fundamental para elaborar este recorrido que es el que te propongo a través de mi trabajo. Un espacio de reflexión interna, de caminar hacia dentro y en lo profundo, de habitar las tierras más ocultas y de abrazar aquello que hay, lo que soy ahora.


Si te apetece que caminemos juntas durante un tiempo, te propongo este andar en forma de curso, con el que ya he caminado en compañía de más de 500 mujeres. Cada viaje personal, cada experiencia con su propio sabor, cada grupo de aventureras con sus propias cualidades... siempre diferente y único. Siempre mágico. 




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