miércoles, 15 de abril de 2015

¿De quien es mi cuerpo?

Esa es la pregunta que me vengo haciendo desde hace años. ¿A quién pertenece este cuerpo, con sus células, fluidos y humores? ¿Ante quien responde mi cerebro, mis pensamientos y mis deseos? ¿Quién es la autoridad dentro de mi? Parecen preguntas que podrían ser contestadas con un rápido: mi cuerpo me pertenece a mi. Pero no es tan fácil. 

La cultura y la sociedad se han apropiado de nuestro cuerpo en aspectos tan sutiles y poderosos que no podemos si quiera sospechar dónde esta la frontera entre lo que es mío y lo de los demás. Desde la virginidad de las mujeres hasta la propia imagen (arrebatada sistemáticamente por los medios de comunicación y las empresas de consumo masivo de productos para dejar de ser quien una es), no es tan claro que mi cuerpo sea mío. Un cuerpo cincelado por dietas, estéticas y cánones, costumbres o expectativas está tan claro que sea el mío.

Como antes hicieran los curas, los profesionales sanitarios enarbolan la bandera de la protección de mi cuerpo como si no me perteneciera. No paras sin tu matrona. No lo hagas sin tu ginecólogo. No decidas por ti. No nos dejes fuera de tu vida sexual y reproductiva. Es por tu bien, dirán al estilo Alice Miller. Como si mi cuerpo no estuviera preparado para vivir sin tantos profesionales atentos y desvelados por mi salud. 

¿A quién pertenece mi cuerpo? A la madre que me gesta, en un primer momento, y me moldea a satisfacción de la sociedad. Al padre, después. Siempre vigilante de los primeros escarceos sexuales de la adolescente. Al novio más tarde, siempre celoso de su propiedad. Al marido con el que se firma, por contrato, la propiedad de los dos cuerpos. Dos cuerpos que se poseen como quien adquiere un terreno. Propiedad privada. Prohibido pasar.

¿A quién pertenece mi cuerpo? Al Estado, en última instancia, que decide por mi como nací, daré a luz y cómo la apagaré al final de mis días. Un Estado que me quiere consumidora y productora y, un poco, lo imprescindible, reproductora. La muerte de la madre, el matricidio de Victoria Sau. La medicalización de la vejez. La muerte en hospitales. Las normas sobre el morir. 

Un cuerpo con células, tejidos y órganos, humores y fluidos, al que, sin embargo lo quieren seco, torturado, comprimido. Un cuerpo sin alma. Un cuerpo-objeto, no vivido al estilo de  Merleau-Ponty. Frente a estas visiones, abogo por un cuerpo-experiencia, raíz de nuestra existencia. Un cuerpo-alma, unido, sin fisuras. Un cuerpo que envejece y se estremece, que siente y se vincula. Un cuerpo que habitar y del que, una vez desgastado por el tiempo, despedirme con amor. Creo que entonces podremos decir: mi cuerpo es mío. 



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