jueves, 7 de febrero de 2013

Envidia entre Mujeres

La envidia entre mujeres ha sido uno de los clásicos con los que crecí. Ya hablé de los prejuicios con los que me había criado en El cuento de Eva, ahora me gustaría centrarme en este tema en concreto: las mujeres nos tenemos envidia y, por lo tanto, somos malas compañeras entre nosotras. De ser cierto este prejuicio, las mujeres nos sentiríamos amenazas por las otras mujeres. Dice el diccionario de la RAE que envidia es la tristeza o pesar del bien ajeno y que también puede llevar aparejada la emulación, el deseo de poseer algo que no se posee. La envidia ha estado tan presente en las vidas de los hombres y mujeres que, no en vano, se recoge como uno de los siete pecados capitales. Creo que en algún momento todos y todas hemos sentido envidia de alguien, una situación, una posesión, una vivencia... y es humano también desear poseer aquello que se quiere y no se tiene. Pero, ¿por qué aparentemente nos envidiamos las unas a las otras? ¿Por qué más entre mujeres? ¿Por qué nos comparamos y medimos? 

Y voy a comenzar por el final porque creo que en este punto hay una clave. Envidiamos porque nos comparamos. Ponemos el Yo a un lado y el Ella al otro y hacemos dos columnas con nuestros atributos. Si observamos que bajo mi nombre hay menos atributos, menos cosas o circunstancias que yo imagino  ideales, entonces la otra sale ganando. No decimos sencillamente, yo no puedo tener esto. Decimos ella tiene esto que yo no tengo. Y eso nos mortifica. ¿Y quién soy yo cuando hago este ejercicio? Yo soy mi ego exclusivamente. Yo soy la niña que no se sintió amada, la adolescente insegura, la mujer humillada.  Y desde ahí no hay crecimiento posible. Porque la envidia nos ciega y nos ata de manos y nos amordaza y es capaz de dar la vuelta a la realidad y hacernos decir lo que no pensamos, solo para no reconocer que lo que sentimos es envidia. Dice el psicoterapeuta y escritor, Jose Luis Cano Gil lo siguiente sobre la envidia:

"Dicho sentimiento forma parte también de ese rasgo humano, el narcisismo, desde el que el sujeto experimenta un ansia infatigable de destacar, ser el centro de atención, ganar, quedar por encima, ser el "más" y el "mejor" en toda circunstancia. Debido a ello, muchas personas se sienten continuamente amenazadas y angustiadas por los éxitos, la vida y la felicidad de los demás, y viven en perpetua competencia contra todo el mundo, atormentadas sin descanso por la envidia. No es ya sólo que los demás tengan cosas que ellas desean: ¡es que las desean precisamente porque los demás las tienen! Es decir, para no sentirse menos o "quedarse atrás". Este sufrimiento condiciona su personalidad, su estilo de vida y su felicidad."

Suelo decir en los talleres que no creo que las mujeres necesitemos autoestima, tal y como la psicología actual, recomienda. Ya que al fin y al cabo, la autoestima vuelve a ser un juicio que yo me hago a mi misma del cual puedo salir triunfante (tengo autoestima) o vencida (no tengo autoestima). Esos juicios tiene que ver con la belleza (si me adapto al canon dominante), a la inteligencia (que se traduce en títulos), al talento (a los que son socialmente reconocidos y validados)... Y la sociedad se encarga de señalarnos cuál es el modelo "adecuado", el canon preciso, la "mujer-mujer" con la cual debemos compararnos.


Depende de nosotras dar el salto y salir de esa espiral de inconsciencia. En realidad, nosotras no somos eso, ese modelo. Porque nosotras, como seres humanos, somos mucho más de lo que nos han hecho creer. Y dar con la esencia de lo que somos, con la naturaleza última de nuestra realidad es fundamental. Nosotras no somos esencialmente el cuerpo, porque el cuerpo no es el mismo siempre, cada segundo, con cada respiración se modifica en parte. Nosotras no somos los pensamientos que tenemos, porque éstos vienen y van y cambian de orientación varias veces a lo largo de nuestra vida; Nosotras no somos las emociones, porque estas viajan a través de nosotras. Nosotras somos las que contienen la existencia, somos la conciencia que cohesiona y da validez a la experiencia de estar vivas. Cuando damos con esa parte de nosotras que es pura dignidad, conciencia pura, entonces, ya no necesitamos compararnos con nadie. Entonces no tiene sentido envidiar. Entonces dejamos la envidia atrás y pasamos a admirar a aquellas personas que poseen atributos dignos de ser admirados: el talento, la creatividad, la belleza real, la inteligencia... Entonces, asistimos maravilladas a la experiencia de ver la perfección en las otras sin sentir que a ti te falta. Entonces habremos dado un paso más hacia la hermandad de los seres humanos.

Texto completo sobre la envidia de Jose Luis Cano.

3 comentarios:

Monica Quesada Juan dijo...

Y es curioso cómo el significado de envidia cambia según a quién se aplique. En un taller en el que todas éramos mujeres, salió este tema y alguien dijo: "Claro, entre los hombres las relaciones son más sanas, porque como mucho compiten"..como? Analizándolo, nos dimos cuenta que la misma sensación se le daba nombres y significados diferentes en función del género. Las mujeres se tienen envidia y los hombres compiten. Al final, es prácticamente lo mismo: Se tienen envidia de algo que supuestamente no se tiene, se compite para demostrar que algo se tiene...pero para saber que algo se tiene antes has tenido que hacer una comparación.

Curiosa esta cultura nuestra.

Besos!
Me encanta tu página ;)

Carmen Zaballa Ramos dijo...

Y nos damos cuenta de que lo que admiramos en las demás mujeres también lo tenemos nosotras mismas!!
Me gusta mucho lo que compartes!
Un abrazo
Carmen

Ruth Cañadas Cuadrado dijo...

Si fuera la otra persona la que hiciese la lista de nuestros atributos en vez de nosotras mismas... creo que se daría todo la vuelta. Porque no sólo hablamos desde el ego sino que encima no sabemos ver lo que tenemos. Cuando valoramos poco a lxs demás... será que también nos valoramos poco a nosotras mismas? (pero en la sombra, claro).
Y la vida nos pone un espejo delante!
Grande tu blog, Mónica.

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