martes, 10 de enero de 2012

Enfermedad e identidad

Después de un intenso y gratificante otoño de cursos, talleres, viajes, aeropuertos, maletas, ponencias, escritos, conferencias... y de una Navidad de reuniones, comidas y regalos, respiro, al fin, en la soledad de mi casa. Necesito mi tiempo de paz, un silencio creativo y emergente del cual poder extraer la necesaria reflexión y el sentir honesto. Por eso este blog ha estado inactivo por unas semanas. Esperando que la palabra oportuna llegara a mi. Ha sucedido hoy.
A mediodía, andaba perdida en el, cada día más extraño para mi, laberinto de los pasillos de un supermercado. Una madre hablaba a su hija con un tono deliveradamente alto para que cualquiera pudiera oirla (incluso yo, que intentaba sin éxito averiguar si había lentejas ecológicas en algún estante - y esto necesita de una gran concentración). La mujer decía:
- No, eso no, tú no puedes comer eso porque eres celiaca.
- No, tú no puedes comprar eso.
Había en el tono de la mujer una cierta satisfacción al negarle a la chiquilla (de unos cuatro años) algo de bollería. La voz de la mujer siguió martilleando los corredores del supermercado, y podía ser oída a distancia. Había dos cosas claras:
- La madre quería que supiésemos que la niña era celiaca.
- Ponía en esa condición o situación de la hija, especial importancia.
Al dirigirme a la caja (sin lentejas, por cierto) volví a cruzarme con ellas. Ahora la mujer estaba aconsejando a una anciana (tanbién a gritos) sobre la compra de leche sin gluten (ya sé, yo tampoco lo entendí). Pero dijo una frase que me chirrió tanto que os la traigo:
- No ve que yo sé de esto... Si mi hija es una enferma.

Y en ese momento tuve la certeza de que lo que esa niña tenía no eran problemas de salud, precisamente. Miré a la niña y pedí, en silencio, que encontara la manera de zafarse de esa madre. Le deseé la fuerza y rebeldía necesaria para no caer en el abismo de confudir enfermedad con identidad. Las mujeres hemos sido cuidadoras tradicionalmente, pero en ese rol se esconden grandezas y miserias (como en casi todos). No hay nada más delirante que creerse imprescindible para otro ser humano, y no hay excusa más brava que la de exigir amor por los cuidados que nos han dado, incluso los que no necesitábamos.

4 comentarios:

Gema dijo...

Que bueno, me ha encantado tu reflexión Mónica! La luz de la navidad te ha dejado una lucidez estupenda! jeje :-)
Te mando un abrazo grande! desde Murcia... :-)

Anónimo dijo...

Que sabis palabras!por favor, nuestros hijos han nacido para ser libres y no para manipularles...cuando nos demos cuenta de ello, el mundo seguro que será mejor.

Anónimo dijo...

Muchas veces nos olvidamos que los niños no pertenecen a nadie y que también es responsabilidad nuestra cuidarlos, son hijos del mundo. Esa posesión que ejercen los padres sobre los hijos y el dejar hacer de todos los demás merma la libertad de los niños.

Luna Roja dijo...

Mónica, me encantó esta entrada. La psicosomatización de las mujeres es algo que las ha llevado a padecer más de lo que deberían, y cuando algo está verdaderamente allí es siempre en una situación de no-superación, si no de victimización. Esta madre quería dejarle en claro su "incapacidad" a la hija, y lo terrorífico, lo que subyace de eso, que también le enviaba el mensaje de que sólo su madre sabía lo que ella podía hacer o no.
Tengo un familiar que hace lo mismo, por suerte está bastante lejos como para tener que someter a mis oídos a sus declaraciones de "nutridora del mundo y gran celadora del bienestar". Esta mujer no daba libertad a su hija para que decidiera en cosas tan trascendentales como tomar una píldora o no... y me pregunté en ese caso hasta qué punto esa chica puede decidir, entre ese médico y su madre... entre las objeciones del mundo externo. Lo que me resuena en la cabeza de este posteo tuyo es la falta de confianza en sí misma que va a poseer esa futura mujer para escoger lo que sea mejor para ella (en todos los sentidos).
Ojalá me equivoque.
Saludos desde Argentina!!!

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