domingo, 6 de febrero de 2011

El poder femenino

En estos siglos de dominación de los valores masculinos, la mujer ha perdido su fuerza y su poder. La historia de la mujer está escrita a fuego con la sangre de nuestras madres, abuelas, bisabuelas... La historia de la mujeres es una historia de dominación-sumisión, de dolor y miedo, de violación y humillaciones. Hemos sufrido la represión de nuestra feminidad, entre lazos de raso y zapatos de tacón, o en una carrera ciega para ser, cada vez más, como ellos. Cuando yo era pequeña solo se valoraban los atributos que caracterizaban a los hombres: valor, acción, fuerza, potencia, agresividad, inteligencia racional... En cambio, aquello que pertenecía a los tradicionales atributos femeninos era considerado negativo, digno de ser eliminado, por lo menos por las mujeres que lográbamos pensar casi al mismo nivel que los hombres (esto es una ironía) y las actividades atribuibles a las mujeres eran de segundo nivel. Veamos un ejemplo: es más importante construir una carretera que criar a un hijo, o es más importante ser político que hacer una sopa, o es más importante ser chef que ama de casa o es más importante la razón que el corazón, trabajar que criar, o la inteligencia cognitiva que la intuición, ganar que compartir, luchar que abrazar... 
Así las mujeres, quedábamos fuera de nuestro eje, de nuestro centro gravitacional, y entonces podíamos volver a ser manipulados por el patriarcado. No creo que la historia pueda contarse como hombres malos luchando contra mujeres buenas. Más bien considero que las mujeres y los hombres caímos en el sueño de aceptar que el único camino posible, que la única manera de ser válida, residía en asumir los valores predominantes (violencia, competitividad, acción, lucha...). Desde que caímos en esta pesadilla, las mujeres hemos sido las perdedoras directas; mientras que indirectamente hemos perdido todos: hombres, mujeres, ancianos, niños...
Una vez la mujer pierde el poder de la energía creadora tiende a producir dos situaciones:
- Entregar su energía a otro, generalmente un hombre o una mujer activa. En este caso la mujer renuncia a su poder de crear, de vivir su propia existencia y se abandona a la experiencia, a veces mística, de acompañar a otro en su camino. Es el caso de asistentas personales de hombres de prestigio, de la secretaria siempre complaciente, de las discípulas de cualquier género y condición. De las mujeres maltratadas que no han encontrado su fuerza interior. De las mujeres sacrificadas que renuncian a sus inquietudes por los demás. 
Las mujeres se sienten cómodas en segunda fila, acompañando al otro, no teniendo sobre su cabeza los focos. Se ahorran las equivocaciones, los desafíos, la tensión que acompaña todo proceso de creación. Cuando daba clases de producción audiovisual en una universidad, solía preguntar a los alumnos de tercero qué querían hacer al terminar la carrera. Invariablemente, los chicos decidían ser directores de cine; las chicas optaban por asistente de dirección, productoras, directoras de arte... Es decir, trabajos que requerían que alguien por encima de ellas, decidiera y ordenara.
- A veces sucede que, en vez de dar su energía a otro, deciden (estas decisiones son inconscientes) tomar su energía del otro. Son aquellas mujeres que extraen de las personas que tienen cerca el poder que a ellas les falta: madres que hacen que sus hijos tengan la vida que ella no se atrevieron a tener, mujeres de famosos escritores, artistas o empresarios, mujeres especializadas en la seducción de hombres que revisten algún poder. Mujeres que, en general, absorben el poder del que tienen al lado. 

Cuando la mujer entrega o absorbe su poder de los otros, todo a su alrededor comienza a desmoronarse: hijos tiranos o maltratados, hombres maltratadores, situaciones insostenibles, enorme rencor, baja autoestima, servilismo, egolatría, ansia de poder... en este cóctel cabe casi cualquier situación aberrante que aleja a los hombres y las mujeres de su verdadera naturaleza. El origen de estas tensiones está en la falta de poder de la mujer, aunque el origen de la falta de poder de la mujer podamos encontrarlo mucho tiempo atrás. Es una herencia que nos viene impuesta por los genes y por el orden de cosas. 

En este momento de la historia, que ha de ser el final de un tiempo y el advenimiento de otro orden, las mujeres estamos despertando a esta infame pesadilla. Somos muchas las mujeres que sentimos que ya no podemos volver a representar estos modelos de feminidad tan hiriente. Deseamos encontrar nuestro centro, nuestro poder, que es un poder creador para, desde ahí, construir un mundo en el que el amor, los cuidados, los afectos, la empatía, la solidaridad, la amistad, la tolerancia y la seguridad sean los motores de las relaciones humanas: en la pareja, con los hijos, en el trabajo, entre mujeres...

El cuerpo de la mujer está concebido para crear vida, para materializar desde lo sutil hasta lo concreto. Por eso tenemos un útero, por eso amamantamos. Somos dadoras de vida y el poder que esconde este hecho es tan importante que puede y debe cambiar la realidad. Las mujeres, independientemente de si somos madres o no por decisión propia o no, seguimos teniendo el poder de construir un mundo a nuestra medida con nuestras manos y nuestro corazón. Tan solo necesitamos volver a colocarnos en nuestro centro de poder, alinearnos con la energía creativa y amorosa que somos. Tomar conciencia de esto nos acerca a transformar la realidad, a bajar el paraíso a la tierra. Que así sea.



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